Tema del mes

El camino de paz en Colombia, puesto en marcha con la mediación del Vaticano y concluido en las negociaciaciones de La Habana y a pesar de la derrota en el referéndum de 2016, parece estabilizado.

Esta temporada de paz, difícil y compleja de implementar, pone a Colombia en un rol protagonista en el escenario latinoamericano. Un rol que le pertenece por derecho, por historia, cultura y tradición.

Este camino de paz todavía está infectado de trampas ocultas y peligros evidentes. Por esta razón el rol de la Comunidad Internacional es importante y decisivo, como también es importante evitar las lecturas estereotipadas y simplistas de la historia de estos treinta años de dolor y de sangre.

Por esta razón, hemos considerado justo acoger en nuestro newsletter la contribución del amigo José Daniel Gonzalez que nos abre una ventana sobre expectativas y angustias que vive la gente del Departamento del Cesar, una de las zonas más afectadas por la violencia de la guerra.

Bruno Carapella

COMO HEMOS VIVIDO CON LA GUERRA EN EL DEPARTAMENTO DEL CESAR

por José Daniel Gonzalez Romero

El departamento del Cesar, es uno de los departamento golpeado por la violencia que ha vivido Colombia por más de 50 años, en este momento Colombia es el primer país de personas desplazadas, lo sigue siria y Afganistán, la guerra ha llegado a tal punto que los ciudadanos prefieren huir, dejar todo por lo que han luchado incansablemente, para salvar su vida y la de su familias.

El departamento del Cesar cuanta con un total de 313. 147 víctimas registradas, con un número de 309.494 víctimas del conflicto armado; donde prevalece el contrabando de gasolina, traído por los grupos al margen de la Ley; las corrupciones, los secuestros, muchos municipios estaban tan invadidos de tanta maldad y miseria, que no podían ser visitados, nadie se atrevían a llegar; algunos sufrieron el dolor de no saber de sus seres queridos por años, como fue el caso de ganaderos de la región, quienes lograron sobrevivir de la situación doliente, algunos no lo lograron.

Ser cesarense y contrabandista en la década del 50 y 60 era lo equivalente a ser hoy un exitoso comerciante emprendedor. Tuvimos muchas familias dedicadas a llevar café y ganado y traer electrodomésticos y mercancías, a la vista de una sociedad que todo lo ha permitido, como lo hizo después con el narcotráfico, creando un matrimonio perverso de inversión de valores, desconfianza en las instituciones y la asignación de precio a la vida humana.

No fue solo con el narcotráfico que nuestra sociedad tuvo su momento de euforia económica. El matrimonio con la Guerrilla duró una década y permitió el comportamiento feudal. Muchos ciudadanos de bien y de familias prestantes subían a entrevistarse con los jefes guerrilleros para obtener su beneplácito y protección, en las actividades políticas y criminales.

Esa comunión de intereses, esa simbiosis motivó un “Para – Estado” donde la Guerrilla era autoridad civil, policía, juez y verdugo. Controlaba los servicios de educación, salud, seguridad, medio ambiente; marcaba límites en el comportamiento social, entre comerciantes y hasta dirimía casos de violencia intrafamiliar.

La llegada de los paramilitares permitió un escalamiento de la transformación de valores y alcanzar altos estratos sociales. Si con los guerrilleros nuestra sociedad tenía acuerdos de conveniencia, con los paramilitares, importados de la sabanas del Sinú y de Urabá, se dio la oportunidad de tener oligarquía en su expresión más completa: Poder político, poder económico y el monopolio de las armas.

El conflicto no ha terminado, ni terminará con la firma de los acuerdos de paz en la Habana, porque la esencia del conflicto la llevamos dentro: Conflicto con los valores de sociedad, de familia, de autoridad, de normas y los hemos cambiado por corrupción, por popularidad y por el facilismo de “todo se permite y todo se vale”.

BONDADES Y CONVENIENCIAS DEL CIERRE DE LAS NEGOCIACIONES DE LA HABANA.

Sin lugar a dudas, para el departamento del Cesar es una oportunidad histórica entrar en el capítulo del pos-acuerdo, donde tendrá un papel protagónico tanto en el afianzamiento de los propósitos del desarrollo territorial, como en la puesta en marcha de acciones para recomponer el tejido social.

Para entender la magnitud del reto, debemos estar dispuestos a ajustar la manera como nos hemos venido relacionado con nuestros semejantes, con las instituciones, con la sociedad en general, lo que nos llevará a redefinir el lenguaje, las actuaciones y prioridades de convivencia, lo que repercutirá en la escala de valores y en nuestras prioridades.

No todos tenemos la disposición de asumir nuevos retos, los que tienen temor natural al cambio han seguido luchando por mantener el status quo y afianzarse en lo que ya conocen y saben manejar; prefieren no evolucionar hacia el pos-acuerdo porque allí no serán tan ágiles ni tan útiles con las armas, con la desinformación, con la política recesiva y con las palabras destructoras que han venido dirigiendo, a las ideas que controvierten su doctrina. Pero ellos no son la mayoría y el futuro de la Nación está en manos de los que deciden sumarse a la Nueva Colombia de igual manera como se asume el compromiso de formar familia, de tener hijos, de mudarse de ciudad, de compartir un poco más de lo que se puede.

Nos hemos acostumbrado a las reglas y consecuencias derivadas de las diferentes oleadas delicuenciales que alimentaron los valores sociales y la economía por parte de contrabando, de la guerrilla, del narcotráfico, del paramilitarismo, de las bandas criminales, de la violencia institucional y de esa manera, consideramos que la incertidumbre generalizada era la única manera de entender a Colombia. Acumulamos la cifra de 400.000 víctimas en el Cesar y solo en Valledupar se han recibido más de 180.000 desplazados, provenientes de municipios cercanos y de otros departamentos.

Nuestra historia no miente: La sociedad fue cercada y secuestrada en sus viviendas sin poder salir a la calle y ejercer el derecho a la libre movilización. Las fincas se volvieron sitios inexpugnables, ocupados por la extorsión y el terror. Se sembró el territorio de viudas, desplazados, pobreza y se redujo el aparato productivo.

Durante 50 años la Nación estuvo confrontando a la guerrilla, sin poder derrotarla, pero tampoco ese grupo armado tuvo la suficiente potencia para tomarse el poder nacional, por lo que consideramos que la decisión presidencial de buscar la salida negociada al conflicto fue apropiada y responde a las expectativas de su elección. Con esa decisión nos da la oportunidad de mejorar los indicadores sociales, replantear la forma de ocupación del territorio rural y avanzar en los índices de competitividad departamental, gracias a lo cual podremos presentar al Cesar ante el mundo, como un territorio próspero, en paz y con proyección sin límites.

La paz es una industria generosa que requiere sumar cada vez más accionistas para disfrutar esta nueva dimensión del país y de la sociedad, lo que implica que se abandonen las prácticas violentas e intimidantes de los grupos armados, se anulen las alianzas de civiles con las bandas y empresas criminales y se decida generosamente aportar al futuro de las nuevas generaciones.

Ante estas reflexiones, es nuestro deber insistir y preguntar a los reconocidos enemigos de las negociaciones en la Habana, ¿se convertirán también en enemigos de la paz?

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